Él salió a la calle con las manos temblando y el corazón acelerado. Miraba de un lado a otro y del otro a su reloj, como si su vida fuera en ello. Ella cerró la puerta de casa como si esta fuera de plomo, tirando del pomo y de su alma, cerrando algo más que una puerta.
Él echó a andar entre la multitud, esquivando a los transeúntes con rapidez, sin perder de vista los lejanos árboles. Ella no vio a ninguna de las personas con las que se cruzó mientras caminaba hacia su pesar.
Él miró de nuevo su reloj. Sus pasos le habían llevado al parque a la hora prevista. Ella lo vio acercarse desde un banco junto a la entrada. Él se sentó junto a Ella.
- Te quiero – le dijo él.
- No puedo perdonarte – respondió ella.
Él se alejó con los ojos inundados por la tristeza. Ella se quedó en el banco, viendo como él se marchaba para siempre.
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